domingo, 16 de septiembre de 2007

piedras



















las piedras
Nada se está quieto y nada es lo que parece, por ejemplo, se dice que cuando uno le habla a las piedras es porque está loco y es cierto en parte porque no es uno el que tiene que hablarles, tiene que dejar que hablen ellas, claro que para hablar con las piedras primero hay que conocer su idioma pero también pasa eso con la gente ¿o no?
Esta piedra, ¿de qué me habla a mí esta piedra?, ¿te habla a ti?, ¿a ti te dice algo esta piedra? Yo sí la oigo porque conozco su idioma, cuenta historias, me habla de millones de años, de tormentas de viento y de lluvia, veo cielos oscuros y relámpagos y animales y plantas que como esta hoja -¿véis la hoja?- han sido arrastrados por la tormenta y han sido amontonados poco a poco hasta formar esto que parece una piedra tonta.
Nada es tonto, nada es insignificante, el hielo, por ejemplo, es el peor enemigo de la montaña, cuando llueve el agua se mete en las grietas y allí al llegar la noche se hace de hielo, aumenta de volumen y rompe la piedra, poco a poco la deshace.
La montaña lo sabe y se queja, no puede defenderse pero se queja. Antes de la tormenta se oye un zumbido, canto de abejas le llaman, porque es como un chisporroteo, como el zumbido de las abejas, algunos dicen que es que el aire se carga de electricidad pero a mí me gusta más creer que es la montaña que se queja.
Cuanto más se sabe más cerca se está de la magia. La luz ultravioleta penetra en el fondo de las cavernas y esta luz paraliza a los monstruos pero para comprobarlo tenemos que estar completamente a oscuras.
Sólo a oscuras se puede ver el alma de las piedras, cada una tiene el alma de un color y de una forma distinta. Esta se llama “axinita” porque así le pusieron los griegos. Esto funciona así, para la gente no vale, para la gente todavía no se ha inventado nada que permita ver el color de su alma, como la luz de las piedras, y que se pueda ver el lado oculto de la gente.
“Yo que no soy piedra sino camino,/ que cruzan al pasar mis pies desnudos,/ muero de amor por todos ellos;/ les doy mi cuerpo para que lo pisen,/ aunque les lleve a una ambición o a una nube,/ sin que ninguno comprenda/ que ambiciones o nubes/ no valen un amor que se entrega.” (Unos cuerpos son como flores, Luis Cernuda).
Tú eres para mí como esa piedra en el camino a la que asirme y sostenerme para después tener que emprender mi camino de forma solitaria pero me haces bien.
Las piedras, todavía las tengo, no sé muy bien qué voy a hacer, puedo volver si la cosa mejora a ese sitio. Me gustaría me dijeras cómo hace uno para saber cuál es su lugar o su sitio. Yo por ahora no lo tengo, supongo que me voy a dar cuenta cuando esté en un lugar y n me pueda ir, supongo que es así, “ciao”, debe aparecer, todavía tengo tiempo de encontrarlo.
Pienso cómo en tu afán de alejarte se aloja también el callado deseo de estar cerca. Ven, despertemos del barro, te invito al aire de mis nuevas alas. Te convoco a un amor alto, sólido, tronco de un árbol, apaciguaremos la muerte, enterneceremos las piedras.
Lo que yo voy señalando es cierta dureza en ti que constituye una máscara de protección en ti. Una se ve arrastrada así por la irrealidad que es hueca, pobre e indefinida a cambio de una realidad que es duración y que es vida pero también es dureza y la dureza es la propiedad física que hace que algo sea duradero, que haya retinencia en el objeto. Y eso es lo que me pasa contigo. La vida se disuelve o se hace evanescente si no hay retinencia y la realidad lo encierra todo como en algo envolvente e inagotable.
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sylfides

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