sábado, 22 de agosto de 2009

Elsa Punset

Son nuestro único lenguaje universal y común. Sobrevuelan incluso por encima de los arquetipos con los que reconstruimos o reforzamos nuestra identidad, bien sean de género, culturales o familiares; aunque éstos a veces nos habitan con una fuerza que oscurece de forma artificial el hecho de que es mucho más lo que nos une, que lo que nos separa. Todos sabemos lo que es reír y llorar; todos sabemos intuitivamente que estamos dotados de la capacidad, tal vez a partes iguales, para amar o para odiar; para huir e ignorar, o para ayudar. Es una elección diaria entre el amor y el miedo. Y esta elección depende, en buena medida, del entorno en el que nos movemos, de las imágenes con las que nos alimentamos, de los pensamientos y emociones que decidimos, consciente o inconscientemente, albergar en nuestro interior.
La elección entre el amor y el miedo también depende de que saquemos a la luz nuestras emociones, de que las comprendamos, que de reconozcamos su impacto en nuestro comportamiento diario, de que seamos capaces de desenmascarar los sesgos automáticos del cerebro, a veces tan traicioneros. Solo así conseguimos aprender a convivir en paz con nuestras emociones y con las de los demás.
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Cuando desprotegemos a la vida humana de las herramientas básicas para poder defenderse, aseguramos una víctima incapaz de emitir siquiera una queja. Qué cómodo. Resulta aún más repugnante cuando los abusos y la tortura se cometen en nombre de la cultura. ¿Qué es cultura? Solo el conjunto de nuestros actos y costumbres. Por sí misma, esta palabra no revela si lo que encierra es bueno o es malo. Cuando protegemos el concepto de cultura al margen de lo que encierra, todos somos todos cómplices: los unos, porque no insistimos lo suficiente para garantizar a los más vulnerables el derecho a una educación básica. Pisoteamos los derechos humanos básicos en nombre de culturas y tradiciones que son meras tapaderas para crear sociedades de víctimas y de verdugos. Los otros, ya solo tienen que llegar y asestar el golpe, mientras todos miran hacia otro lado.





Somos un ecosistema emocional extraordinario: en un extremo están los que dan a mansalva, sin ahorrar, gastando sus vidas y su energía sin reparar en el precio; y en el otro, los que prefieren administrarse con cautela y dar solo donde encuentran una respuesta segura. No se puede dar sin recibir. Canalicemos el esfuerzo desaprovechado de muchas personas en grandes redes de trabajo social. Enseñemos a los niños, y recordemos a los adultos, a regalar palabras de aliento y gestos generosos a los demás. Porque cuando todos dan en la medida de sus posibilidades, que son muchas, todas las vidas son valiosas y todas pueden florecer.
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¿Qué le pido a un gobierno? No le pido que solucione mis problemas con recetas exprés. No le pido que me distraiga. No le pido que me mantenga. Le pido que vele por restablecer y mantener, con paciencia pero sin concesiones, el orden justo que la brutalidad y la ignorancia han pisoteado tantas veces. Le pido que sea mi igual, frente a la vida y frente a la justicia, que deje de encerrarse en los antiguos privilegios que elevaban al Rey por encima de las personas de la calle. Le pido que facilite las plataformas ciudadanas que fomenten el liderazgo y la creatividad civil, en los barrios, en las ciudades, en los pueblos, en todos los ámbitos de la vida real y diaria. No quiero que me dicte lo que debo pensar o sentir. Quiero que facilite a todos la comprensión, apenas esbozada, de quiénes somos y de por qué nos comportamos de una determinada manera. Quiero esa libertad para que de un cuerpo aparentemente frágil y decididamente vulnerable- como el de todos los seres humanos sin excepción- puedan brotar y plasmarse desde la infancia hasta la senectud las ideas y las emociones luminosas que nutren a los demás.
Para que al morir soñemos que si pudiéramos, volveríamos a repetir este breve paso por la tierra. Solo que tal vez no podamos. Pero no importa, estamos aquí ahora y no hay tiempo que perder.

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Somos únicos. A cambio de ser únicos, de no ser clones, somos vulnerables hasta la mortalidad. Y vivimos inexorablemente con la certeza de nuestra fragilidad. En la infancia somos especialmente vulnerables: pequeños, indefensos, crédulos y con poca experiencia de vida. Los peligros nos acechan con facilidad. Por ello, nuestros desbordados padres y madres tienden a sobreprotegernos en lo físico, pero fácilmente pueden abandonarnos en lo emocional.
En este sentido disfruté hace pocos días de una entrevista en La Vanguardia a un ingeniero geofísico colombiano llamado Jaime Jaramillo, que ha ayudado a miles de niños a salir de las alcantarillas de Bogotá gracias a la labor de su fundación. Proporciona a los niños cobijo y un oficio; pero de su trabajo destaca que lo más importante es lograr ayudar a esos niños a recuperar su sueño, a recordar que tienen algo especial que dar a los demás. En vez de enseñar miedo y desconfianza a sus niños, Jaime Jaramillo les enseña a recuperar el sentido de quienes son y a expresarlo de forma constructiva para compartirlo con los demás. Les recuerda que, por encima de las dificultades diarias, no pueden abandonar las grandes preguntas y retos de sus vidas únicas; que no pueden abandonar su sueño. Creo que la labor de padres y maestros no puede tener un sentido más hermoso que éste.

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Explicó que hace tiempo, al cabo de unos años de un divorcio sereno, no traumático, seguía solo y que reflexionó acerca de qué le pedía al amor. Y para ello elaboró una especie de “lista del NO”- en la que apuntó aquello que NO quería vivir en una relación afectiva. Al poco tiempo, conoció a una mujer que también tenía clara su propia lista del NO, y llevan muchos años juntos.
Como estábamos en la radio, en directo, con el tiempo apremiando, no pude preguntarle más acerca de esta lista. Me pregunté en silencio si esa no era una lista demasiado negativa. Pero lo he ido pensando y creo que es una lista necesaria y fruto de la madurez. Lo que a mí me sugiere ahora es la necesidad de tener claro, a partir de una etapa de la vida, lo que NO queremos, ni necesitamos, volver a experimentar. Si tropezamos varias veces en la misma piedra, es porque no hemos comprendido la fuente de nuestros errores. La lista del NO significa que hemos alcanzado la madurez emocional que nos permite no repetir patrones erróneos, saber que hemos aprendido de nuestros errores, que nos conocemos a nosotros mismos y que podemos llevar el rumbo de nuestro vida seguros de lo que NO queremos. Aprender a decir que NO, y aprender a evitar las experiencias tóxicas y negativas, es un paso magnífico y liberador.
¿Por qué me sorprendió al principio la lista del NO? Pues porque instintivamente las personas solemos tener, conciente o inconscientemente, una “lista del SI”- de nuestros deseos, anhelos y frustraciones. Y sin embargo es fácil confundir el deseo con la necesidad real, y nuestra lista del SI podría transformarse en una lista de deseos insustanciales, sin rumbo. La lista del SI tiene otro peligro: que no seamos capaces de intuir y disfrutar de determinadas experiencias vitales inesperadas, que la vida, si no tenemos prejuicios, tal vez pueda depararnos. Tendemos a percibir y a fijarnos solo en aquello que deseamos o que tememos. Nuestro cerebro, en este sentido, no es objetivo, y es mejor no cerrarle aún más puertas constriñendo nuestros deseos en una lista del SI.

Paradójicamente, la lista del NO, si es serena y meditada, si responde a una experiencia vital asimilada y comprendida, puede abrirnos las puertas a una vida más rica y real.
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La psiquiatra suizo-alemana Elizabeth Kubler-Ross explicó magistralmente la necesidad universal y fundamental que tienen los seres humanos de recibir, y de ofrecer, afecto y de compasión- algo que ninguna máquina, ninguna posesión, ninguna distracción ni ningún especialista pueden reemplazar.

Elizabeth Kubler-Ross es autora de varios libros, entre los que destacan su autobiografía, La rueda de la Vida, y su célebre obra On Death and Dying.

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